Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Cuento» El flautista de Jajamelin, de Pepe Pelayo


Érase una vez, hace muchísimos años y unos días, un lugar llamado Jajamelin. Era una ciudad tan antigua, pero tan antigua, que los semáforos eran en blanco y negro.

En cierta ocasión, Jajamelin fue invadida por una plaga de ratones. Estaban por doquier. En los televisores de todas las casas, bajo las sábanas, en las cañerías, dentro de los platos de sopa. En fin, nadie sabía cómo expulsarlos de sus vidas.

Pero un día, a alguien se le ocurrió la idea de contratar los servicios de un célebre flautista extranjero. Él aseguraba que con su música exterminaría aquella peste. Enseguida una poderosa empresa de bebidas lo trajo, auspiciando el evento. El concertista interpretó magistralmente La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeaus Mozart, mientras caminaba hacia un río, casi en las afueras del pueblo. Y los ratones, embelesados, lo seguían en caravana. Al llegar al borde de un barranco, los roedores siguieron caminando y cayeron al río, siendo arrastrados por la corriente.


Al flautista le regalaron la llave de la ciudad en una gran fiesta. La alegría fue tremenda, pero les duró poco.

Tiempo después, una plaga de hipopótamos invadió Jajamelin. Se les veía en los baños de las casas, subidos en los postes, en el campanario de la iglesia y en las carteras de las señoras. En fin, en todas partes.

Entonces, volvieron a traer al flautista extranjero. El hombre interpretó de nuevo La Flauta Mágica de Mozart, mientras caminaba hacia un barranco, casi en las afueras del pueblo. Y los hipopótamos, embelesados, lo seguían en caravana. Al llegar al precipicio, los animales siguieron caminando y cayeron al río, huyendo aturdidos hacia todas partes.


Al flautista le otorgaron la medalla al Honor en otra colorida fiesta. La alegría fue apoteósica una vez más, pero también les duró poco.


Unos meses después, la pobre ciudad de Jajamelin fue invadida por una plaga de teléfonos celulares. Estaban por doquier. Se instalaban de a dos y hasta de a tres en las orejas de los habitantes. Sonaban en reuniones, durante las siestas, en los momentos de mayor intimidad. En fin, en todas partes y todo el tiempo.


Tuvieron que llamar urgente al famoso flautista extranjero (le avisaron por palomas mensajeras que llevaban correos electrónicos amarrados en sus patas). El músico, al llegar, tocó una vez más La Flauta Mágica de Mozart, mientras caminaba ahora hacia un área sin señal en las afueras del pueblo, donde coincidían el barranco y el río. Y los teléfonos celulares, embelesados, lo seguían en caravana.

Al llegar al borde del precipicio, los aparatos empujaron con violencia al flautista que cayó desde lo alto al río y, avergonzado, nadó contra la corriente usando su flauta como snorkel.


Mientras tanto, los celulares regresaron a la ciudad sonando al unísono sus timbres. Pero quizás como homenaje –vaya usted a saber-, de repente sustituyeron su tradicional ring-ring, por las metálicas y entrecortadas notas de La Flauta Mágica de Mozart, y el Para Elisa de Beethoven, para más tarde cambiar éstas por La Mayonesa y La Gasolina de no sé quién.

Y fueron muy felices… ellos.


FIN



Pepito y sus libruras
Autor: Pepe Pelayo
Ilustración: Alex Pelayo
Editorial: Alfaguara Infantil

Visto y leído en:

Fundación Humor Sapiens – Crear, pensar y vivir con humor
http://humorsapiens.com/literatura-infantil-y-humor/el-humor-en-la-literatura-infantil-la-parodia
Otros:
https://es.scribd.com/document/167926042/Pepe-Pelayo-Pepito-y-Sus-Libruras
https://www.slideshare.net/vaalentinaahenriquez/pepito-y-sus-libruras-pepe-pelayo

Cuento» La Caperucítala, de Pepe Pelayo

Erase una vez una niña llamada Caperucítala, a la cual se le han hecho cientos de versiones de su cuento. Sin embargo, ella no conocía ninguna porque odiaba leer.

Caperucítala era más linda que Miss Viejo Mundo 1795. Pero tenía un carácter muy fuerte, una habilidad fuera de lo común para los deportes, y por si fuera poco, era una experta en artes
físico-culturistas y en artes marciales.

Un día la madre le pidió que fuera a casa de su abuelita que se encontraba enferma, y le llevara mermelada de plátano con chirimoya. Caperucítala se alegró mucho -de ir, no de tener a la abuelita enferma-, y abrigándose bien por el intenso frío que había, partió rauda.


La anciana vivía a dos cuadras de su casa. Pero la niña, para entretenerse un poco, tomó el camino más largo, pasando por un bosque que estaba a tres kilómetros. Corrió, corrió y corrió, hasta que se puso roja.

Una vez internada en el espeso bosque de eucaliptus, robles, pinos, ébanos, helechos gigantes, varios maceteros con plantas ornamentales y un bonsai, se le apareció un lobo grande, astuto y más malo que un troll, un ogro y un orco juntos. Venía vestido de traje azul marino y corbata roja, llevaba un portafolio negro en la mano y con cara de yo no fui. En fin, la típica imagen de un ejecutivo serio y supuestamente respetable.


—Buenas. ¿Cómo te llamas, niña?

—A ti no te importa —le respondió dulcemente Caperucítala.

—Mira, yo soy Inspector de la Superintendencia de Bosques y Zanjas y estamos haciendo una encuesta. ¿Puedo hacerte unas preguntas?

—No.

—Pero, fíjate, podrás participar en un sorteo y ganarte una semana de vacaciones en un hotel de tiempo compartido...

—¡Córtala, Lobo! ¡Déjate de tonterías, que yo sé quién eres!

El animal se molestó, pero no le quedó más remedio que marcharse con el portafolio y el rabo entre las patas. Él quería darse un banquete con la niña, pero le parecía poca cantidad de comida. Estaba interesado en averiguar a dónde se dirigía ella, y con quién se encontraría para aumentar el festín. Como no lo pudo saber en su primer intento, se le ocurrió seguirla y averiguarlo.

Para no levantar sospechas, primero se disfrazó de ciruelo. Así, caminaba a hurtadillas detrás de Caperucítala. Sin embargo, ésta se dio cuenta y le apretó con fuerza la nariz, comentando en voz alta que aquella ciruela estaba verde aún.


Pero como Lobo era más persistente y molestoso que una mosca en la cara de un animador de televisión, continuó con sus enmascaramientos. Se disfrazó de pingüino, de señal de tránsito. Más tarde de inodoro, pero siempre la niña –de una u otra manera- lo descubría.

Cuando llegaron al final del camino, por detrás de la casa de la abuelita, Caperucítala se puso a recoger sandías silvestres, colocándolas en su canastita de mimbre.


Habría que ser muy estúpido para no darse cuenta a dónde iba finalmente la niña, y como el lobo no lo era, porque había hecho un diplomado, un magíster y un doctorado en una universidad muy prestigiosa, aprovechó el momento para entrar en la casa por la puerta trasera.

Rápidamente, adobó a la abuelita con sal, pimienta, mayonesa y cilantro, y de un tirón se comió completa a la pobre viejita, que se revolvía en el estómago del lobo sin comprender lo sucedido.


Enseguida, éste se puso el camisón, el gorro de dormir y se metió en la cama.

Cuando Caperucítala llegó a la habitación, se detuvo extrañada. “Sé que la abuelita no se baña hace como tres días por su enfermedad, pero ni así puede tener este mal olor. Creo que por aquí hay lobo encerrado”, pensó con viveza la niña. Al acercarse a la cama lo comprobó.


—¿No me vas a preguntar qué ojos más grandes yo tengo? —le dijo el animal.

—Me imagino que los tienes así porque te asustaste mucho al verme con este cuchillo en mi cesta.

—¿Y no te interesa saber por qué tengo una boca tan grande?

—¡Por favor, Lobo! ¡Esas cosas son para niños chicos! ¿A quién vas a engañar? —le respondió Caperucítala con un gesto de desdén.

El lobo, enojado, no esperó más. Dando un salto, vociferó con furia:

—¡Caperucítala Rójula!

—¡Eres un Lóbulo! ¡Un animábulo Ferózulo! —le devolvió el grito la niña.

Entonces el lobo trató de atrapar a la niña. Pero Caperucítala le colocó un palo dentro de la boca impidiéndole que la cerrara.


Después, le propinó varios golpes de karate en el tórax. Acto seguido saltó y caminó con agilidad por la pared y el techo, descendiendo por detrás del lobo, mientras le lanzaba tres patadas, que hicieron caer al animal. Una vez en el piso, la niña le amarró las patas a la espalda. Entonces, con el cuchillo, le abrió el estómago y rescató a su abuelita.

Mientras la anciana se bañaba para quitarse de encima los jugos gástricos del lobo, Caperucítala le cosió la herida al animal, no sin antes sacarle toda la piel del cuerpo.

—Ahora te vas de aquí y dentro de tres días pasa por la oficina de objetos extraviados del guardabosque, llena una planilla y recoge tu piel.

El lobo huyó de allí, corriendo a toda velocidad. Corrió tan rápido, pero tan rápido, que si se hubiera puesto a darle vueltas a un árbol, fácilmente se hubiera podido morder él mismo su oreja por detrás.

Así, Caperucítala y su abuela, sus padres, hermanos y hasta un primo lejano, hijo de una tía segunda, casada con el guardabosque, fueron muy felices...


Bueno, en realidad Caperucítala, así de momento, no fue tan feliz como los demás, porque a partir de lo sucedido, entrenó y desarrolló tanto su cuerpo, que se le engarrotaron todos los músculos. Entonces, obligada por el reposo, se preocupó por desarrollar más su mente. Leyó miles de libros, entre ellos las versiones que se le han hecho a su cuento -incluyendo ésta, por supuesto.

Cuando creció, Caperucítala Roja se casó con un príncipe azul y tuvieron hijos violetas.



FIN


(“La Caperucítala” pertenece al libro “Pepito y sus libruras”. Colección “La risa de Pepito”. Editorial Alfaguara Infantil-juvenil. Chile).


Pepito y sus libruras
Autor: Pepe Pelayo
Ilustración: Alex Pelayo
Editorial: Alfaguara Infantil


Visto y leído en:

Lenguaje y Comunicación. Texto del estudiante. Cuarto básico. Santillana.
Un cuento al día – antología. Plan Fomento Lector, Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Lee Chile Lee.


https://www.sgeorgeschool.cl/pdf/LENGUAJE-4.pdf
https://www.cultura.gob.cl/publicaciones/cuento-al-dia-antologia/
https://www.cultura.gob.cl/wp-content/uploads/2012/04/la-caperucitala.pdf
https://es.scribd.com/document/167926042/Pepe-Pelayo-Pepito-y-Sus-Libruras
https://www.slideshare.net/vaalentinaahenriquez/pepito-y-sus-libruras-pepe-pelayo


Pepe Pelayo

Nació en Matanzas, Cuba (1952) y reside en Chile desde 1991. Es escritor, comediante, guionista, director escénico, especialista en humor e ingeniero civil. Es miembro de la Sociedad Internacional de Estudios del Humor Luso-Hispano. Ha obtenido varios premios en concursos internacionales por su obra. Fue fundador y director de la reconocida compañía La Seña del Humor en su país natal. Actualmente imparte talleres sobre Crecimiento Personal y Trabajo Educativo a través del Humor. También realiza su programa de Motivación a la Lectura.



Web de Pepe Pelayo
www.pepepelayo.com

Visto y leído en:
https://www.loqueleo.com/ar/autores/pepe-pelayo


Érase una vez una reina, sentada ante una gran ventana, bordando un pañuelo y contemplando, de tanto en tanto, cómo caía la nieve. La soberana era tan dulce, pero tan dulce, que si hubiera tenido nietos, estos hubiesen sido diabéticos.

Una vez se distrajo y se pinchó un dedo con la aguja. El chorro de sangre llegó hasta la nieve que estaba depositada en la ventana.

¡Oh! —exclamó—. ¡Cuán grande sería mi dicha si tuviese algún día una niña blanca como la nieve, con labios tan rojos como la sangre y cabellos tan negros como el ébano del marco de la ventana!

Al poco tiempo fue complacida por las hadas que habían escuchado su ruego. Sin embargo, hubo una pequeña confusión. La niña nació negra como el ébano, de labios blancos como la nieve y de pelo rojo como la sangre. A la soberana le pareció genial de todas maneras y la bautizó con el nombre de Blancanieves, nadie sabe por qué.


Quince años después, la reina falleció por la infección en la herida del dedo que se había hecho en aquella ocasión. Entonces, el rey desconsolado, se casó al día siguiente con la solterona princesa de un reino vecino.

La madrastra de Blancanieves era tan tonta como malvada. Era tan tonta, pero tan tonta, que rompía los jarrones para limpiarlos por dentro con más comodidad. Era tan tonta, pero tan tonta, que se entretenía en inventar una pasta de dientes con sabor a ajo. Así de malvada era también. Se pasaba horas y horas viendo televisión. Incluso tenía un pequeño computador mágico portátil, al que le preguntaba cada cierto tiempo quién era la más fiel telespectadora del reino. Cuando lo hizo después de la boda, el computador le dijo con voz metálica:

—Ser tu hijastra. La más fiel telespectadora ser tu hijastra. Gracias por preferir este software.

La nueva reina se molestó mucho y solo para asustarla —según ella—, corrió detrás de la niña por todo el palacio, insultándola con un cuchillo en la mano.

En vista de la mala onda que había, Blancanieves huyó hacia el bosque.

La niña se extravió, como sucede muchas veces en los cuentos, y así estuvo perdida hasta que encontró a unos enanitos. Blancanieves se asombró al verlos porque eran tan bajitos, pero tan bajitos, que cuando se subían los calcetines no veían nada. Realmente, eran tan bajitos, pero tan bajitos, que cuando se hacían lustrar las botas, les teñían el pelo. Por suerte, los enanitos la recibieron amablemente, incluso la invitaron a vivir en su casa, que era tan chica, pero tan chica, que cuando entraba el sol, uno de ellos tenía que salir. Era tan chica esa casa, que no cabía ni la menor suciedad. Por eso tuvieron que agrandarla con rapidez para Blancanieves.

Los enanos pensaban que al fin habían encontrado a alguien que les leyera libros de cuentos, por la noche, antes de dormir. Pero no sabían lo lejos que estaban de lograr sus sueños, porque ella solo deseaba ver televisión.

Blancanieves trató de llevarse bien con todos, pero su preferido era el séptimo por orden de tamaño. Era tan chico, pero tan chico, que sus compañeros le decían el enano.

A ese, lo convenció para que compraran un televisor de pantalla plana de cuarenta pulgadas y sonido estereofónico. Los enanos nunca habían querido tener uno, pero tanto insistió Blancanieves, que el más chico de ellos lo compró, a pesar de la negativa de los demás.


La niña fue más feliz que nunca. Comía, se lavaba los dientes, se vestía, dormía y hasta hacía sus necesidades fisiológicas delante del aparato. Pero eso sí, solo veía programas de alto rating, como los de concursos, reality show, misceláneos, etc.

Pasaron los días, hasta que la madrastra supo por internet que Blancanieves seguía siendo la más fiel telespectadora. Entonces, urdió un plan para eliminarla. Se disfrazó de promotora de una empresa de frutas y llegó, ofreciendo manzanas envenenadas a la casa de los enanitos.

La niña no quiso abrirle por estar concentrada en una teleserie, la reina se molestó y por la ventana le lanzó con todas sus fuerzas una manzana envenenada con cianuro. La fruta le dio entre ceja y ceja a la niña, dejándola muerta al instante. Un olor a almendras amargas invadió el lugar.


Después de reír y brindar con champán por librarse del televisor, los enanitos lloraron varias horas seguidas. Al otro día, organizaron un glamoroso funeral, como se lo merecía Blancanieves. Invitaron a todos los artistas, animadores y modelos de televisión, pero como ninguno asistió, tuvieron que invitar con urgencia a todas las hadas, gnomos, elfos y unicornios que conocían, incluyendo a un yeti recién avecindado en la zona. Por supuesto, el funeral fue un fracaso, algo así como un programa de televisión de buena calidad, pero de baja sintonía.


Sin embargo, cuando llegó el momento de enterrar a la pobre niña, todo cambió. De repente, al cementerio llegó un príncipe muy conocido como protagonista de teleseries. El espectáculo fue maravilloso: una alfombra roja se desenrolló a sus pies, todo se cubrió de brillos y lentejuelas, se escucharon fanfarrias y la luz de un reflector lo iluminó en su camino hacia el ataúd.


El hermoso príncipe se volvió loco de amor cuando vio a Blancanieves. Por suerte, entre los presentes había un psiquiatra, quien le aplicó sus conocimientos terapéuticos. Al salir el príncipe de su estado traumático, logró darle un beso en la boca a su adorada, en medio de la música cebollenta que se escuchó y la ovación de los presentes. El hechizo se rompió.

La negra Blancanieves con sus labios blancos y su pelo rojo, al despertar y ver al príncipe —para variar—, también se enamoró. Pero otro encantamiento desconocido comenzó a funcionar: el príncipe se convirtió en sapo.


Blancanieves no lo pensó dos veces. Rápidamente besó al príncipe en la boca también y el maleficio se deshizo. Pero no contaban con otro embrujo. Ella se volvió rana al instante. Así estuvieron toda la tarde: un beso, él de sapo; un beso, ella de rana; un beso, él de sapo, un beso, ella de rana. ¡Hasta que a los enanitos se les agotó la paciencia y los detuvieron!


Entonces, los enamorados tomaron una decisión: se casarían de todas maneras, porque de esa forma deben terminar los pésimos programas de televisión que se respeten. Así, alternándose como humanos y animales, la bella princesa-rana y el hermoso príncipe-sapo se unieron en matrimonio. Fue la boda del año.

Y fueron muy felices y tuvieron muchos renacuajos


FIN


Pepe Pelayo, 2015. Blancanieves y los siete enanitos. En Pepito y sus libruras. Santiago de Chile: Ediciones SM.
Ilustraciones de Alex Pelayo

Visto y leído en:

Lenguaje y Comunicación • 5.º básico - Departamento de Estudios Pedagógicos de Ediciones SM, Chile



http://sgeorgeschool.cl/pdf/LENGUAJE-5.pdf
https://issuu.com/colegiopaideia/docs/lenguaje_y_comunicaci__n_5___b__sic
https://es.scribd.com/document/167926042/Pepe-Pelayo-Pepito-y-Sus-Libruras
https://www.slideshare.net/vaalentinaahenriquez/pepito-y-sus-libruras-pepe-pelayo

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Selección y curaduría: Analía Alvado

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